Calvo Sotelo: condenado “democráticamente”

Intervenciones en la sesión del Congreso de los Diputados celebrada el 16 de Junio de 1936 durante las cuales se condenó a muerte pública, “democrática” y por “demócratas”…

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Intervenciones en la sesión del Congreso de los Diputados celebrada el 16 de Junio de 1936 durante las cuales se condenó a muerte pública, “democrática” y por “demócratas” de toda la vida a D. José Calvo Sotelo, líder de la oposición, por parte de los democráticos diputados de los democráticos PSOE –ya saben, cien años de honradez– y PCE  –hoy IU–, ambos adalides del diálogo y la tolerancia; sentencia que sería ejecutada apenas un mes después.

Gil Robles:

Gil Robles

“Desde el 16 de Febrero hasta 15 de Junio último, un resumen numérico arroja los siguientes datos: Iglesias totalmente destruidas, 160; asaltos de templos, incendios sofocados, destrozos e intento de asalto, 251; muertos, 269; heridos de diferente gravedad, 1.287; agresiones personales, frustradas o cuyas consecuencias no cons­tan, 215; atracos consumados, 138; tentativas de atracos, 23; cen­tros políticos y particulares destrozados, 69; ídem asaltados, 312; huelgas generales, 113; huelgas parciales, 228; periódicos total­mente destruidos, 10; asaltos a periódicos e intentos de asaltos y destrozos, 33; bombas y petardos que estallan, 146; recogidos sin estallar, 78. Diréis que esta estadística se refiere a un período de agitación y de exacerbación de pasiones a la cual, en su discurso primero en esta Cámara, se refería el señor Azaña cuando presidía el Gobierno. Podréis decir que posteriormente, al calmarse el fervor pasional, al actuar los resortes del Poder, al acabar los primeros momentos, ha venido un instante de tranquilidad para España. Me va a per­mitir la Cámara que, brevemente, haga una estadística de cuál es el desconcierto de España desde que el señor Casares Quiroga ocupa la cabecera del banco azul.

Desde el 13 de mayo al 15 de junio inclusive: Iglesias total­mente destruidas, 36; asaltos de iglesias, incendios sofocados, des­trozos e intentos de asaltos, 34; muertos, 65; heridos de diferente gravedad, 230; atracos consumados, 24; centros políticos, públicos y particulares destruidos, 9; asaltos, invasiones e incautacio­nes, 46; huelgas generales, 79; huelgas parciales, 92; clausuras ilegales, 7; bombas estalladas, 47. ¡Ah!, pero permitidme que recoja así, al azar, unos cuantos botones de muestra de esta última temporada de desconcierto y anar­quía en que está viviendo el pueblo español. Un día, señor Presidente del Consejo de ministros, son los in­genieros de unas minas, algunos de ellos extranjeros, que duran­te diecinueve días están secuestrados v encerrados en el fondo de la mina sin que el Gobierno tenga fuerza suficiente para acabar con ese conflicto y concluir con esa vergüenza. Otro día, todos los días, son los asaltos, las detenciones de los coches y automóvi­les que circulan por las carreteras para exigirles el pago de una contribución para el Socorro Rojo Internacional, sin que haya una autoridad que evite ese ejemplo bochornoso que no se da en ninguna nación del mundo. Otras veces, señor Presidente del Con­sejo de ministros, el desorden y la anarquía se traducen en ver­güenza para nosotros como españoles. Ahí está la circular dictada por el “Automóvil Club de Inglaterra”, diciendo que no se garantiza a ningún coche que entre en el territorio español. Ahí tenéis la vergüenza de lo ocurrido en Canarias, en el Puerto de la Luz, donde la Escuadra española no puede repostarse, y en cambio un crucero extranjero, por la fuerza, si es preciso de sus patrullas, obtiene un combustible que se ha negado a un buque del Estado español. Otro, señor Presidente del Consejo, es el caso, verdaderamente sangriento, que se ha dado en un pueblo de la provincia de Cór­doba, donde elementos societarios, con el alcalde a la cabeza, hirieron a un guardia civil. Otro día es, señores diputados, la vergüenza de que barcos mercantes españoles tengan que ser echados de los puertos no nacionales, porque no contaminen de espíritu revolucionario todas las organizaciones ni la vida comer­cial de un pueblo. Por si S. S. (al ministro de Estado) no tiene datos completos, le diré que eso ha ocurrido en Génova y en Workington. Ha sido precisa la intervención del mismo cónsul de España ante la vergüenza que suponía aquello y han tenido que ser expul­sados de puertos ingleses. ¡Ah!, pero se dirá que el Gobierno ha hecho ya una declaración categórica y ha adoptado unas medidas en virtud de las cuales va a desaparecer toda esa anarquía.

Pues bien. En las últimas cuarenta y ocho horas han ocurrido en España nada más que los siguientes incidentes: unos heridos en Los Corrales (Santander); un afiliado a Acción Popular herido gra­vemente en Suances; un tiroteo al polvorín de Badajoz; una bom­ba en el Colegio de Santoña; cinco heridos en San Fernando; un guardia civil asesinado en Moreda; un dependiente muerto por las milicias socialistas en VilIamayor de Santiago; dos elementos de derechas muertos en Uncastillo; un tiroteo en Castalla (Alicante); un obrero muerto por sus compañeros en Suances; unos fascistas tiroteados en Los Corrales de Buelna (Santander); varios cortijos incendiados en Estepa; un directivo de Acción Popular asesinado en Arriondas; un muerto y dos heridos gravísimos, de derechas, en Nájera; un muerto y cuatro heridos, también de derechas, en Carchel (Jaén); insultos, amenazas y vejámenes a las religiosas del Hospicio de León; cuatro bombas en varias casas en construcción en Madrid. He aquí en las últimas cuarenta y ocho horas el produc­to de las órdenes del señor Casares Quiroga.

El fracaso del Gobierno, que no puede vencer la subversión, es evidente. Y no podrá dominarla, porque este Gobierno nace del Frente Popular y el Frente Popular lleva en sí la esencia de esa misma política, el germen de la hostilidad nacional. Mientras den­tro del bloque del Frente Popular existan partidos y organizacio­nes con la significación que tiene el partido socialista –que aca­bará por tildar de fascistas a todos aquellos que no piensen como el señor Largo CabaIlero–  y el partido comunista, no habrá posi­bilidad de que haya en España un minuto siquiera de tranquilidad. Porque hay en el Frente Popular unos partidos que saben per­fectamente a dónde van: no les ocurre lo mismo a los otros parti­dos republicanos que son sus aliados. Los grupos obreristas van a cambiar el orden social existente: cuando puedan, por el asalto violento al Poder, por el ejercicio desde arriba de la dictadura del proletariado, pero mientras ese momento llega, por la destrucción paulatina, constante y eficaz del sistema de producción individual y capitalista en que está viviendo España.

Como único remedio a este mal, que conduce a España a la ruina y a la desesperación, está sonando en los mismos labios de los hombres del Frente Popular la palabra “dicta­dura”, con la petición de plenos poderes para ejercerla en nombre de la República. ¡Plenos poderes!  –comenta Gil Robles–, como si no fueran bien plenos los que tenéis en vuestras manos.

Desengañaos: un país puede vivir en monarquía o en repúbli­ca, en sistema parlamentario o en sistema presidencialista, en sovietismo o en fascismo; como únicamente no puede vivir es en anarquía, y España hoy, por desgracia, vive en la anarquía. Tene­mos que decir que hoy estamos presenciando los funerales de la democracia. Hay una teoría política del ciclo evolutivo de las formas de Gobierno; según ella, existe un momento en que la de­mocracia se transforma en demagogia, pero como eso no puede subsistir, contra la demagogia surgen, por desgracia, los poderes personales.”

Calvo Sotelo continua a su vez:

José Calvo Sotelo

“Me levanto a hablar sin fe y sin ilusión, pero en aras de un deber espinoso para cuyo cumplimiento me siento con autoridad reforzada, pues, a la vez que se agrava y se extiende la llaga viva que constituye el desor­den público, se extiende también el sector de opinión nacional que represento y cuyos sentimientos interpreto, España vive sobrecogida, en esa atmósfera letal, en las angustias de la incertidumbre en manos de unos ministros esclavos de su propia culpa, y su autoridad­. Ahora, pasados los días alegres de las bodas del Frente Popular, ha ocurrido ya lo previsto: el resquebrajamiento del Frente. La C. N. T. desacata las leyes, y de modo ostensible se ha sepa­rado del seno del Frente Popular, que ya no es frente, sino bi­fronte, ni popular, porque ha perdido gran parte de la autoridad política que trajo aquí el Gobierno que presidió el señor Azaña.

No hay autoridad en el Gobierno ni decisión para resolver el problema del orden público y si bien en la virulencia actual la: responsabilidad del calamitoso estado en que España vive es patrimonio exclusivo de este Gobierno y de esa responsabili­dad dará cuenta ante Dios, ante la Historia y ante los hombres, no es menos cierto que hay un fondo endémico en el desorden nacional en que desde hace años se desarrolla la vida del país.

¿Cuáles pueden ser las causas de este hecho? Descarto, desde luego, las personas y el régimen.

¿Carencia de resortes políticos? No. Desde hace años todos los Gobiernos han contado con ple­nitud de poderes políticos, sobre todo en materia de orden pú­blico. ¿Es que han faltado los recursos materiales? La República, el Estado español, dispone hoy de agentes de la autoridad en número que equivale casi a la mitad de las fuerzas que consti­tuyen el Ejército en tiempo de paz. ¿Cuál es, pues, la causa? La causa es de más hondura; es una causa de fondo, no de forma. La causa es que el problema del des­orden público es superior, no ya al Gobierno y al Frente Popular, sino al sistema democrático parlamentario y a la Constitución del 31.

Los dos matices fundamentales del desorden que ahora pa­dece España son el desorden económico y el desorden militar. El desorden económico a base o corno consecuencia de la hipertrofia de la lucha de clases que destruye fatalmente la economía nacional, y el desorden militar a base o como consecuencia de la hiperestesia, de la degeneración del concepto democrático, que arruina todo sentido de autoridad nacional.

El marxismo es ahora una disposición espiritual de grandes multitudes proletarias para la lucha de clases, con el propósito de destruir la economía burguesa en que vive España. Y así el marxismo desarrolla una táctica de destrucción económica, porque no piensa en la finalidad económica inmediata, sino en la conquis­ta, a ser posible inmediata, de los instrumentos del Poder público.

Días atrás el señor Ministro del Trabajo decía en unas declara­ciones: Por ahí se cree que el Ministerio del Trabajo puede inter­venir en todos los conflictos sociales. Esto no es posible, porque muchos de ellos son tramitados en forma de acción directa y no llegan al Ministerio de Trabajo. Fijaos bien: en forma de acción directa. Esto lo dice el Ministro. La acción directa, a pesar de la ley de Jurados Mixtos recientemente aprobada, soslaya los con­flictos sociales en muchos casos e impide que el Ministerio del Trabajo actúe.

Un Estado, señor Ministro del Trabajo, no puede por eso estructurarse sobre las bases inoperantes de la Constitución del 31, y pagáis las consecuencias de ello, que vosotros las debéis pagar gustosamente, porque sois partidarios de esa Constitución. Frente a este Estado estéril yo levanto el concepto del Estado integrador que administre la justicia económica y que pueda decir con plena autoridad: No más huelgas, no más lock-outs, no más inte­reses usurarios, no más fórmulas financieras de capitalismo abu­sivo, no más salarios de hambre, no más salarios políticos no ganados con un rendimiento afortunado, no más libertad anár­quica, no más destrucción criminal contra la producción, pues la producción nacional está por encima de todas las clases, de todos los partidos y de todos los intereses. A este Estado le llaman muchos Estado fascista; pues si ese es el Estado fascista, yo, que participo de la idea de ese Estado, yo que creo en él, me declaro fascista.

España padece el fetichismo de la turbamulta, que no es el pueblo, sino la contrafigura caricaturesca del pueblo. Toda la vida española en estas últimas semanas es un pugilato constante entre la horda y el individuo; entre la cantidad y la calidad; entre la ape­tencia material y los resortes espirituales; entre la avalancha brutal del número y el impulso selecto de la personificación jerárquica, sea cual fuere (la virtud, la herencia, la sociedad, el trabajo, el mando, lo que fuere). La horda contra el individuo triunfa, y la horda triunfa porque el Gobierno no puede rebelarse contra ella o no quiere rebelarse contra ella. Pero la horda no hace nunca la historia, señor Casares Quiroga. La historia es obra del individuo. La horda destruye o interrumpe la historia y sus señorías son víctimas de la horda. Por eso sus señorías no pueden imprimir en España un sello autoritario y el más lamentable de los choques –sin aludir ahora al habido entre la turba y el principio espiritual religioso–   se ha producido entre la turba y el principio de autoridad, cuya más augusta encar­nación es el Ejército.

Martínez Barrio

Cuando se habla por ahí del peligro de militares monarquizan­tes, yo sonrío un poco porque no creo y no me negaréis una cier­ta autoridad moral para formular este aserto-que exista actual­mente en el Ejército español, cualesquiera que sean las ideas polí­ticas individuales que la Constitución respeta, un solo militar dis­puesto a sublevarse en favor de la Monarquía y en contra de la República. Si lo hubiera sería un loco, lo digo con toda sinceridad, aunque considero que también sería loco el militar que al frente de su destino no estuviera dispuesto a sublevarse en favor de España y en contra de la anarquía, si ésta se produjera.”

Martínez Barrio, socialista, masón y Presidente del Parlamento, le replica:

“No haga su señoría invitaciones. Fuera de aquí pueden ser mal traducidas.”

Calvo Sotelo responde:

“Mi intención es sana y patriótica. Y puesto que el debate se ha producido sobre des­órdenes públicos, ¿cómo podría omitir un repaso rapidísimo de algunos episodios tristes acaecidos en esta materia, aten­tatorios a las esencias del prestigio militar? ¿Es lícito insultar a la Guardia civil (y aquí ten­go un artículo de Euzkadi Rojo en el que dice que la Guardia Civil asesina a las masas y es homicida) y, sin embargo, no consentir la censura que se divulguen episodios como el ocurrido en Palencia­na, pueblo de la provincia de Córdoba, donde un guardia civil, separado de la pareja que acompañaba, es encerrado en la Casa del Pueblo y decapitado con una navaja cabritera?

Señor Presidente, con lo que llevo dicho creo que queda expli­cado el alcance de los propósitos manifestados en la nota del pen­último Consejo de ministros. ¿Contrición? ¿Atrición? Para que el Consejo de ministros elabore esos propósitos de mantenimiento del orden han sido precisos 250 ó 300 cadáveres; mil o dos mil he­ridos y centenares de huelgas. Por todas partes desorden, pillaje, sa­queos, destrucción. Pues bien, a mí me toca decir que España no os cree. Esos propósitos podrán ser sinceros; pero os falta: fuerza moral para convertirlos en hechos. ¿Qué habéis realizado en cum­plimiento de esos propósitos? Un telegrama-circular bastante am­biguo dirigido a los gobernadores civiles y una combinación fantas­magórica de gobernadores, reducida a la destitución de uno, cier­tamente digno de tal medida, pero no digno ahora, sino hace tres meses. y quedan otros muchos que están presidiendo el caos, que parecen nacidos para esa triste misión, y entre ellos y al frente de ellos un anarquista con fajín, y he nombrado al gobernador civil de Asturias, que no parece una provincia española, sino una pro­vincia rusa.”

De los bancos socialistas se grita:

“¡Nos está provocando!”

Casares Quiroga

Calvo Sotelo se dirige a Casares Quiroga:

“Yo digo, señor Presidente del Consejo de ministros, com­padeciendo a Su Señoría por la carga ímproba que el azar ha echado sobre sus espaldas…”

Casares Quiroga le interrumpe:

“¡Todo menos que Su Señoría me compadezca!”

Calvo Sotelo continua:

“Estilo de improperio, característico del antiguo señorito de La Coruña…”

Casares Quiroga le interrumpe otra vez:

“¡Nunca fui señorito!”

Se forma un gran revuelo en la Cámara, con cruce de insultos entre unos y otros.

Calvo Sotelo continua:

“El señor Largo Caballero ha dicho en Oviedo que ellos van a la revolución social, y que la política del Frente Po­pular sólo es admisible en cuanto sirva a la revolución de Octubre. Si es cierto eso, sobran notas, discursos, planes y propósitos; en España no puede haber más que una cosa: anarquía.”

Casares Quiroga le espeta:

“Me es lícito decir que, después de lo que ha hecho S. S. hoy ante el Parlamento, de cualquier cosa que pudiera ocurrir, haré res­ponsable ante el país a Su Señoría. Lo que se quiere procurar es que se provoque un espíritu subversivo. Gra­vísimo, señor Calvo Sotelo. Insisto: si algo pudiera ocurrir, su señoría sería el responsa­ble con toda responsabilidad.

El señor Calvo Sotelo, sin sentido ninguno de la responsabili­dad, sin más espíritu que el que le lleva a deshacer todo aquello que ha constituido la República, todo aquello que puede ser afección y base de la República, sea el Ejército, sea el Parla­mento viene aquí hoy con dos fines: el de buscar la pertur­bación parlamentaria, para acusar una vez más al Parlamento de que no sirve para nada, y el de buscar la perturbación del Ejército para, apoyándose tal vez en alguna figura destacada, volver a gozar de las “delicias” de la Dictadura. No sueñe en conseguir éxito, el señor Calvo Sotelo: ni el Parlamento, cualesquiera que sean los improperios de Su Señoría, ha de rebajarse un ápice en su valía, en su actividad, en su fecundidad, ni el Ejército hará en España otra cosa, que cumplir con su deber, apoyar al régimen constituido y defenderlo en cualquier caso.”

Tras una intervención de Dolores Ibarruri “La Pasionaria” (del PCE) alabando la revolución de Octubre de 1934, intervine el diputado de derechas Juan Ventosa Calvell que manifiesta:

Juan Ventosa Calvell

“Me limito a dejarle la responsabilidad de esa afirma­ción ante España y ante el extranjero, ya que en todas partes, desgraciadamente, son conocidos los hechos que aquí han ocurrido, y en todas partes habrá de parecer inverosímil que un Presidente del Consejo de ministros encuentre que esta situación no colma la medida de lo que puede soportar una autoridad. Tanto el señor Casares Quiroga como los oradores del Frente Popular argumentan que lo que pasa ahora viene justificado por lo que ocurrió dos años antes. ¿Es que estamos condenados a vivir en España perpetuamente, en un régimen de conflictos sucesivos, en que el apoderamiento del Poder o el triunfo de unas elecciones inicien la caza y la persecución y el aplasta­miento del adversario? Si fuera así, habríamos de renunciar a ser españoles, porque ello sería incompatible con la vida civili­zada de nuestro país.

Su Señoría –exclama dirigiéndose a Casares Quiroga– ha aparecido hoy, una vez más, como beligerante ante los conflictos que se producen en España, y ha tenido palabras que no pueden conducir a otro resultado que a enconar la violencia en las luchas entre unas clases y otras y entre unos españoles y otros. Se dice que hay que republicanizar la Justicia. Llamáis repu­blicanizar la Justicia a someterla a vuestro pensamiento, olvi­dando que, por muchas que puedan ser las desviaciones que pueda tener la Justicia, los errores que puedan cometer los ma­gistrados y los Tribunales, indudablemente serán mucho más los errores, las violencias y las arbitrariedades que habrá de cometer el Poder público si desaparece la independencia del Poder judicial. Subversión en el orden económico, subversión en el orden público, en el orden moral. En algunas regiones españolas, está ya establecida la Comuna libertaria, y en ella el alcalde ejerce una autoridad, o para decir que, no se paguen los alqui­leres, o para establecer o imponer los sentados, o para intervenir en todas las condiciones de la vida agraria destrozando la eco­nomía española.

Esta es la situación y este es el desorden. Se proclama la necesidad intangible del mantenimiento del Frente Popular: yo estoy convencido de que éste no puede ser un instrumento eficaz de Gobierno, porque es una combinación imposible la de marchar unidos, para, realizar una obra constructiva, los que pretenden destruir las organizaciones democráticas y la sociedad capitalista y la organización presente y aquellos que siguen afirmando todavía que quieren mantener las instituciones democráticas y el régimen capitalista, aunque sea con tales o cuales condiciones. Forzosamente hay una contradicción que tiene que llevar, a unos o a otros a la impotencia y a todos a la contradicción.

La consecuencia de ello es la impotencia parlamentaria. El Gobierno, para obtener la asistencia y los aplausos de la ma­yoría y el voto de confianza, incurre en claudicaciones de pala­bra, cuando no son de hecho, y por parte de los elementos so­cialistas y comunistas la asistencia parlamentaria no significa otra cosa que una táctica encaminada a ir preparando una revo­lución, que proclaman, que anuncian, que desean y que pro­pugnan.

No hay más que una solución posible para poner término a esta situación: el Gobierno; éste o cualquier otro que ocupe el banco azul, no tiene otro camino que imponer en todo, su rigor el principio de autoridad. Mantened el Frente Popular o rompedlo. Haced lo que os plazca: pero si el Gobierno actual no está dispuesto a dejar de ser beligerante para ser un Gobierno que imponga a todos por igual, con justicia y con equidad, el respeto a la ley y al principio de autoridad, vale más que se marche; porque por encima de todas las combinaciones y de todos los partidos y de todos los intereses está el supremo interés de España, que está amenazada de una catástrofe.”

Joaquín Maurín, del PCE, dice:

Joaquín Maurín

“Si de algo peca el Gobierno del Frente Popular, es de lenidad: de ser poco revolucionario, de no ser beligerante, como ha prometi­do, de consentir que se pronuncien en la Cámara discursos de tipo fascista, como los que pronuncia el señor Calvo So­telo. Hay una situación pre-fascista en el país: existe el fascismo; ataca el fascismo; lanza bombas el fascismo; ametralla el fascis­mo; es absuelto por los Tribunales el fascismo. Para destruir a este enemigo tan peligroso deben aplicarse medidas políticas; y, como primera e inmediata, la participación de los partidos obreros en el Gobierno. De otro modo dentro de dos meses veremos cómo la contrarrevolución es más intensa y tal vez sea ya tarde para contener los desmanes del fascismo, más peligroso de lo que tal vez nosotros nos lo figura­mos desde estos escaños. El fascismo es hoy un peligro real en España, y hay que acabar con él con medidas represivas y con medidas políticas.”

José Mª Cid Ruiz, diputado de los agrarios dice:

José Mª Cid Ruíz

“España ofrece un espectáculo de cabila. Se ejerce la autoridad por elementos a quienes no les incumbe este dere­cho: el abuso ha llegado a tal extremo, que el propio Consejo de ministros ha tenido que publicar una nota diciendo que evitará que continúen arrogándose autoridad personas, milicias u orga­nizaciones que no la tienen, no obstante lo cual el hecho sigue ocurriendo.”

Calvo Sotelo replica a su vez a Casares Quiroga:

“El discurso de S. S. de hoy es la máxima imprudencia que en mucho tiempo haya podido pronunciarse desde el banco azul. Yo he aludido al problema militar, al desorden militar, en cum­plimiento de un deber; de un deber objetivo político y de un deber temperamental. Yo no me presto a faramallas, no me sumo a convencionalismos. En estos instantes en España se desata una furia antimilitarista, que tiene sus arranques y orígenes en Rusia y que tiende a minar el prestigio y la eficiencia del Ejér­cito español. Aquí tengo un recorte de un periódico ministerial, el Mundo Obrero. La censura ha consentido, sin tocar una tilde, estos dos párrafos: han quedado en Asturias fuerzas del odio, fuerzas del crimen, fuerzas represivas que tienen el regusto de los crímenes impunes. Esas mismas fuerzas que, al margen y en contra de las órdenes que reciben, aún promueven conflictos y cometen atentados y pro­vocaciones indignantes. Si no se pone remedio a lo que es mal, que hay que cortar de raíz, no podrá el Gobierno quejarse de la falta de asistencia de las masas.

El problema de Asturias es especialísimo. Debería compren­derlo el Gobierno. Allí se ha asesinado por centenares a hombres indefensos. Allí se ha torturado a la población. Allí se ha robado, se ha incendiado. Ni uno solo de los individuos que componían las fuerzas represivas está libre de culpa. Entonces, ¿por qué han de seguir en Asturias los que en cada momento –y la prueba es bien reciente– provocan y disparan contra el pueblo cuando se divier­te pacíficamente en una verbena?

Esto es lo que la censura del Gobierno de la República consien­te que se publique. Nada de adulación al Ejército; la defensa del Ejército ante la embestida que se le hace y se le dirige en nombre de una civilización contraria a la nuestra y de otro ejército, el rojo, es en mí obligada. De eso hablaba el señor Largo Caballero en el mitin de Oviedo, y por las calles de Oviedo, a las veinticuatro o a las cuarenta y ocho horas de la circular de S. S., que prohíbe ciertos desfiles y ciertas exhibiciones, han paseado tranquilamente unifor­mados y militarizados, cinco, seis, ocho o diez mil jóvenes mili­cianos rojos, que al pasar ante los cuarteles no hacían el saludo fascista, que a S. S. le parece tan vitando, pero sí hacían el saludo comunista, con el puño en alto y gritaban: ¡Viva el Ejército rojo!

Yo tengo, señor Casares Quiroga, anchas espaldas. Su Señoría es hombre fácil y pronto para el gesto de reto y para las palabras de amenaza. Le he oído tres o cuatro discursos en mi vida, los tres o cuatro desde ese banco azul, y en todos ha habido siempre la nota amenazadora. Bien, señor Casares Quiroga. Me doy por notifica­do de la amenaza de S. S. Me ha convertido S. S. en sujeto, y por tanto no sólo activo, sino pasivo, de las responsabilidades que puedan’ nacer de no sé qué hechos. Bien, señor Casares Quiroga. Lo repito, mis espaldas son anchas; yo acepto con gusto y no des­deño ninguna de las responsabilidades que se puedan derivar de actos que yo realice, y las responsabilidades ajenas, si son para bien de mi Patria y para gloria de España, las acepto también. ¡Pues no faltaba más! Yo digo lo que Santo Domingo de Silos contestó a un rey castellano: “Señor, la vida podéis quitarme, pero más no podéis” Y es preferible morir con gloria a vivir con vili­pendio. Pero a mi vez invito al señor Casares Quiroga a que mida sus responsabilidades estrechamente, sino ante Dios, puesto que es laico, ante su conciencia, puesto que es hombre de honor; estre­chamente, día a día, hora a hora, por lo que hace, por lo que dice, por lo que calla. Piense que en sus manos están, los destinos de España, y pido a Dios que no sean trágicos. Mida S. S. sus res­ponsabilidades, repase la historia de los veinticinco últimos años y verá el resplandor doloroso y sangriento que acompaña a dos figuras que han tenido participación primerísima, en la tragedia de dos pueblos: Rusia y Hungría. Fueron Kerensky y Karoly. Kerensky fue la inconsciencia; Karoly, la traición a toda una civilización milenaria. Su Señoría no será Kerensky, porque no es inconsciente, tiene plena conciencia de lo que dice, de lo que calla y de lo que piensa. Quiera Dios que S. S. no pueda equipararse jamás a Karoly.”

La Redacción

 

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